No está tan fuerte…

El nerviosismo, impregnado de temor, ha ido aumentando desde que tuve a la vista el mar. En unos segundos llego al spot y aparco el coche. El anemómetro de la página web del Club había llegado a marcar 52 nudos, pero eso era sólo una cifra puntual.  Un gráfico seguramente me permitiría tener una mejor idea de lo que me esperaba.

Cuando noto cómo el coche se ve sacudido por el impacto del viento, comienzo a hacerme una idea de lo que esa cifra significa. David, que se ha escapado del trabajo y cuyo SMS dió comienzo a ésta aventura, ya me está esperando, parapetado contra su coche y con su vista fija en la superficie del agua. Consigo abrir la puerta del coche con el hombro coincidiendo con una bajada de la racha y me uno a él en la observación. Hablar resulta imposible, ó al menos carente de sentido, el rugido del viento ahoga cualquier sonido, así que asentimos, observamos en silencio y sobrecogidos las condiciones y nos quedamos absortos ante el panorama.

El agua es un espectáculo frenético. Es difícil llegar a ver el otro lado de la bahía, tal es la cantidad de espuma que es literalmente arrancada de los picos de las olas. Nos mantenemos durante algún tiempo en éste estado de trance, evaluando las condiciones, sintiendo casi con el subconsciente los cambios en fuerza y dirección del viento, tratando de evaluar cómo se agitan esas masas de agua, imaginando el equipo que necesitamos para afrontar éstas locas condiciones. Aunque la verdad, no hay muchas decisiones que tomar, está tan desfasado que ambos decidimos rápidamente montar lo más pequeño que tenemos.

– ¿4.0? pregunto, en cuanto llego al lugar abrigado donde aparejamos.

– “Mmm” murmura David, sin conseguir enmascarar su nerviosismo por completo.

Estoy un poco preocupado por su capacidad para enfrentarse a éstas condiciones, así que le digo:

– “No tenemos por qué hacer ésto, está bastante desfasado ahí fuera”.

– Él oculta su preocupación bromeando. “Bah, no está tan fuerte”, se ríe.

Con un último vistazo al agua, comenzamos el tranquilizador ritual de montar nuestras velas. Todavía estoy bastante nervioso y me hago un lío con la tensión del pie de palo, teniendo que reajustarla varias veces hasta que finalmente me tranquilizo y dejo a mi cuerpo, que ha hecho esto cientos de veces, hacer lo que tiene que hacer.

Con nuestro equipo listo, ahora nos toca prepararnos nosotros. Acaba de empezar la primavera, y el agua está aún bastante fría, así que la siguiente parte del ritual es proteger nuestros cuerpos frente a las condiciones. Neopreno, escarpines, capucha y casco. Cuando termino de colocarme el arnés estoy listo; el temor aún está presente, pero sé que puedo hacerlo.

Sin embargo, permanecemos por un tiempo en la playa, alejados del viento, aguantando el material, contemplando el agua. David es un invitado en ésta playa, así que le dejo salir primero. Consigue avanzar diez metros mar adentro hasta ser completamente envuelto por la espuma y desaparecer de mi vista. “¡Increíble!” le grito, aunque sé que ya no me oye. No puedo hacer nada para ayudarle, en éstas condiciones es inútil intentarlo siquiera.

Salto sobre mi tabla, tratando de contrarrestar la masiva fuerza del viento con todo el peso de mi cuerpo. Da resultado, y salgo disparado hacia delante con una descarga de adrenalina. No hay miedo ahora, sólo una total concentración para tratar de mantener todo junto. De repente me acuerdo de David, y miro hacia atrás para ver su vela emergiendo de una ola. Pero me he girado demasiado rato, y soy golpeado de lado por una ola que no había visto debido a mi mirada hacia atrás. Dirijo la tabla a sotavento para disipar el golpe, recibiendo una subida de potencia en la vela en el proceso, y acelerando hacia delante. No puedo evitar reir en alto en éste momento, nada puede compararse a ésta sensación. Pero esto está empezando a descontrolarse demasiado, así que vuelvo a ceñir hacia el viento para perder un poco de potencia, y entrar en el interminable tobogán de las olas.

Si las condiciones no estuviesen tan desfasadas, usaría las olas para saltar, pero el viento es tan fuerte que hago lo que puedo para absorber los picos de las olas con la flexión de mis piernas, empujando hacia abajo entre ellas, tratando de mantener el alerón en contacto con el agua para no ser vapuleado como David… pierdo la noción del tiempo, pero mis antebrazos comienzan a quejarse amargamente del esfuerzo, y mis muslos duelen por la tensión mantenida luchando contra la fuerza lateral del alerón. Observo de un vistazo a David mientras nos cruzamos. Parece un poco fuera de control, pero al menos aún está navegando.

Decido que no voy a ser capaz de afrontar la situación mucho más tiempo, así que comienzo a calcular cómo regresar a la playa. Eso implica mantener durante un buen trecho un rumbo al largo, lo que normalmente es muy divertido, pero en éstas condiciones va a ser aterrador… excelente. Dirijo la nariz de la tabla a sotavento y acelero. Esto es de locos, el mundo a mi alrededor se difumina por completo, salvo la siguiente cresta por la proa, el pequeño roción me indica que viene una racha muy fuerte, y noto cómo el alerón desliza al comenzar a perder agarre. Repentinamente todo se va al traste, un pequeño cambio de rumbo para absorber la racha, pasar la ola, la tabla despega del agua, el viento la empuja y me veo golpeando el agua con mi cuerpo, aplastado como un insecto. Quedo hundido de espaldas bajo la siguiente ola y el mundo se vuelve azul y en calma.

Quizá estoy un poco grogui por el impacto con el agua helada. Salgo a superficie justo a tiempo para respirar y tragarme una bocanada de espuma, así que no puedo evitar toser mientras me preparo para la siguiente ola. Todo se vuelve muy difícil de repente. Las olas están rompiendo sobre mí, y he perdido de vista mi tabla, que salió volando en cuanto se vio librada de mi peso. Afortunadamente la veo cuando ambos somos elevados por sendas olas. Está sólo a veinte metros, pero yo estoy ya bastante agotado, y pasar de nuevo por la lavadora no va a ser fácil. Me decido por la opción de nadar a máxima velocidad hacia ella, pues está siendo arrastrada violentamente a sotavento. Afortunadamente pillo una ola y en cierto modo surfeo los últimos metros hacia ella, hasta que agradecido la agarro por una de las cinchas.

Mi técnica de waterstart resulta pésima por lo agotado que estoy, pero hay tanta fuerza en el viento que pronto me encuentro navegando de nuevo y a solo cien metros de la playa. Los dioses del viento deben estar de mi parte hoy. Entro en la bahía bajo máxima potencia, usando hasta el último gramo de fuerza que queda en mis brazos. Cuando llego a la orilla estoy tan feliz y tan cansado que me tumbo sobre la tabla, asimilando como puedo la descarga de adrenalina recibida.

El dolor en los dedos de las manos me devuelve a la realidad, y de repente recuerdo que no he visto a David por algún tiempo. Exploro el horizonte, tratando de adivinar lo que hay tras las espumas, y me digo que quizá había una buena razón para fabricar en vivos tonos fluorescentes aquellas antiguas velas de windsurf. No puedo verle por ninguna parte y estoy empezando a pensar en la Guardia Costera, así que subo a la loma cercana para tener mayor campo de visión. Al momento le veo saliendo por las rocas a 500m a sotavento. Me alegro tanto que no puedo evitar reírme de nuevo cuando veo que está a salvo.

Notas de Campo, Agosto 2009.

Traducido del estudio de Peter Francis Wilkinson, Who needs money when you can go windsurfing? 

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Una respuesta a “No está tan fuerte…

  1. muy bueno!
    me ha emocionado!

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